escritos filosos

Cuento
EN ALTA CORDOBA, ENAMORARSE ES IMPOSIBLE…
Por Silvia Kowalczuk

Mucho se ha dicho, intentando explicar el porqué de la desertificación del barrio de Alta Córdoba. Mucho se ha escrito, también, desde las cátedras de Sociología de la Universidad de Córdoba, aventurando causas tanto para el envejecimiento paulatino y letal de su población, como para la deserción masiva de la gente del barrio.
Las estadísticas, los análisis de hechos más o menos rigurosos, han creído ver en el terrible envenenamiento de diez vecinos, allá por la década del sesenta, por parte de las pastas en mal estado que vendiera tozudamente don Reartes, el despensero de la calle Antonio del Viso, el comienzo del final.
Otros en cambio, con conexiones con Greenpeace la mayoría, aseguran que todo empezó con el terror que generó el nacimiento de perros con cabezas de pájaros y gatos con tanga de lentejuelas, que comenzaron a darse en la zona norte del barrio, donde ya por entonces se demonizaba a la siempre misteriosa “Planta Atómica”…
Pocos hablan, ya, de lo que siempre fue un secreto a voces…
En Alta Córdoba, enamorarse es imposible.
Es difícil ser del barrio y aceptarlo. Todos hemos experimentado de jóvenes, algún aleteo en el estómago, alguna compulsión, incluso hasta alguna confesión de amor y, debo decirlo, algún matrimonio errado. Pero todos, absolutamente todos, con el tiempo hemos sabido que …no era amor.
Así que, decepcionados, hemos partido hacia otros puntos de la ciudad.
Algunos hacia el sur, otros más hacia el norte, muchos probaron suerte incluso en la zona de San Vicente y hasta en Alberdi. Pero no hicimos mas que multiplicar las decepciones, y llevar con nosotros lo que, sabemos, es la maldición del barrio, la maldición de Alta Córdoba.
La hemos reproducido viendo los espejismos de amor que queríamos ver, que tienen (para nosotros los del barrio, es obvio) efectos letales: el desamor se apodera de la nueva zona.
No es extraño que ocultáramos por generaciones el secreto. La estigmatización nos costaría aun más cara. No puede culpársenos por eso.
Parece que todo comenzó con la llegada del encomendero Álvaro del Cabrón, que se instaló, dueño y señor, en la zona que con el tiempo seria la Estación de trenes Belgrano. Allí administraba ganado, mercadería, producciones… y personas. Poco tiempo después de su llegada, administraba también a Yaca, una india comechingona que fuera traída a la fuerza, de los pelos dicen, desde la zona de Traslasierra.
El encomendero estaba particularmente interesado en Yaca. Le intrigaba la mirada desafiante y los desaires de la cobriza natural. Para ganársela, le regaló cabras, quintales de semillas, y dicen que hasta una vaca…le endulzaba el oído por las noches con promesas de amor eterno. Yaca, mujer al fin, un día aflojó el mandato de sus ancestros, que le ordenaba resistir a los malditos transculturizadores, y se rindió a la pasión del amor de Álvaro del Carbón.
El encomendero, saciado, prontamente perdió a Yaca en el olvido. Y Yaca se perdió en un mar de lágrimas…
Cuando hubo llorado todo lo que tenia dentro, Yaca, la Chamana Yaca en realidad, lanzó su maldición entre dientes: “…Álvaro del Carbón, jamás sabrás lo que es sentir amor, ni tú ni tus descendientes, ni los descendientes de todos los que te rodean…”
Así, en fin, explicamos el comienzo de todo, allá en Alta Córdoba, los pocos que lo asumimos, entre dientes, sólo entre nosotros…ayudados por las copas que nos destraban las cohibiciones y la frustración, solemos acordarnos de las historias en algún bar cerca de la plaza…
Se sabe por ejemplo, que el Obispo Trecco, muy relacionado con la Universidad de Córdoba en aquellos primeros años coloniales, vivía en la zona de Alta Córdoba. Y que allí, en santa Misa, conoció a la digna señora Blanca Díaz Patricios, esposa de un rico comerciante de armas de la zona.
La cruz y la espada volvieron a cruzarse entonces, para fines ya no tan dignos como la conquista, pero igual de épicos…amarse a escondidas. Fueron amantes hasta que la señora, con la misma dignidad con la que asistía a pobres y huérfanos en las tardes de té de la Sociedad de Beneficencia, le dijo que no quería verlo más porque no era verdadero amor…
Se cuenta con datos, también, sobre el llanto de la conocida “Llorona”, celebre lloradora de toda Córdoba, quien coincidiera en su juventud en la zona de la plaza de Alta Córdoba, dando la vuelta del perro, con un joven piropeador, que con el tiempo se convertiría en el celebre Jardín Florido, que por entonces galanteaba a las damas con exquisitos versos, audaces comentarios, y dicen que, a veces, procaces propuestas, según fuera el estado de ánimo del piropeador, o lo que le generara la musa. Fue suficiente un piropo del mozo para que la sensible muchacha (ya por entonces, famosa por su lagrimal celoso) se rindiera a amarlo.
Cuando descubrió que cualquiera fémina, humana o no, era destinataria del cortejo del juglar cordobés, comenzó un llanto de dolor, que, dicen, aún hoy atormenta a algunos.
Hay quienes aseguran, incluso, que tanto estos célebres desamores del barrio, como los más conspicuos y olvidables, son producto de la intriga de una oscura conspiración, heredera y descendiente de Yaca: los Desamoradores.
Los Desamoradores, oscuro grupo que se maneja en las tinieblas, se comenta, poseen todo tipo de estrategias para cumplir su vengativo mandato. Pueden escribir epístolas perfumadas, en apariencia ingenuas, pero equívocas, a ambos novios, para provocar celos, ira, y hasta muertes. Pueden generar rumores impensados sobre el pretendiente, que termina con sus pretensiones.
Suelen, incluso, generar comentarios como regueros de pólvora sobre la honra de las damas.
Cuentan con la equivocidad del lenguaje imperante en la zona, tierra de hijos de inmigrantes, donde cada palabra (o silencio) suele tener significados diferentes para todos. Esta estrategia es la que tienen más lograda, ya que con ínfimo trabajo, logran enormes confusiones, inseguridades y decisiones que terminan con cualquier amantazgo.
Algunos comentarios los ubican físicamente, incluso, como mimetizados entre la barra brava de la Gloria, donde nadie sospecharía, viendo a tan rudos hombres, que en realidad se trata de nobles personas dedicadas por entero a las venganzas del desamor ancestral. Han creído reconocer miradas tristes y húmedas debajo de algunos gorros rojiblancos, bolsillos de jean abultados de cartas de amor confusas y confundientes, (que son recicladas como papel picado), cánticos de cancha misóginos cuya finalidad es hacer rendir más el trabajo, en una estrategia de desamor colectivo…
Con intención los he mirado y he descubierto muchos rostros cobrizos, o tal vez criollos. Pero no tengo certeza. Cabe la posibilidad de que sea solo un rumor echado a andar por hinchas de Talleres. O quizá, de Belgrano.
Sospecho a veces que, simplemente, ya no es necesario el grupo de los Desamoradores, porque el desamor se ha adueñado de toda la ciudad…y todos, sin saberlo, formamos parte de la conspiración…
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